Unas reflexiones sobre Beginning Sanskrit, de D. Killingley

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Al final de este curso, 2009-2010, la primera promoción de estudiantes de Devavani completará el plan de estudios del centro. Esto significa que este primer grupo habrá llegado al final del recorrido que proponen las 66 lecciones de los 3 tomos del métodoBeginning Sanskrit, de Dermot Killingley. Se trata de una buena ocasión para aportar algunas reflexiones surgidas tanto de la experiencia en el uso del método en sí, como del intercambio de opiniones con otros docentes que, en diferentes universidades y centros de Europa, utilizan este mismo material.

La principal conclusión a la que llegamos sin el menor atisbo de duda, es que el trabajo de Kilingley nos sigue pareciendo el más adecuado de entre todos los existentes, para llevar al estudiante a un dominio real de las herramientas que le posibiliten un paso no traumático a la literatura que tradicionalmente se considera más asequible y que representa el inicio de la navegación por las aguas del sánscrito “real”: los versos del Mahabharata y del Ramayana, y las fábulas y subhashitas tanto del Hitopadesha como del Pañcatantra.

Pero siendo esta característica del método de Killingley una indudable ventaja, su enfoque destaca -también en su aplicación práctica, como hemos tenido ocasión de comprobar a lo largo de estos casi cuatro años- por una característica de muy difícil plasmación en un método didáctico de una lengua clásica: su respeto inquebrantable a la dinámica de la lengua en su sentido más amplio. En Beginning Sanskrit, desde el primer momento, las frases con las que trabaja el estudiante están “vivas”, suenan a sánscrito “real” y transmiten todas las características que hacen del sánscrito un auténtico tesoro para todos aquellos capaces de apreciar la capacidad expresiva, los recursos creativos, la coherencia interna y, tanto la belleza formal, como la más evanescente -pero no menos real para quien logra percibirla- del sustrato sonoro de la lengua.

Otros métodos de sánscrito han intentado también recorrer este camino pero, a nuestro entender, no han logrado materializar en la misma medida las cualidades a las que nos hemos referido. Entre los más afortunados destacan los volúmenes de Robert Goldman y de Michael Coulson. Cada uno de ellos busca una manera distinta de acercar-se al sánscrito “real” y de huir de las frases que suenen acartonadas o poco verosímiles al oído de los que conocen bien la lengua. Goldman se centra exclusivamente en el Ramayana y así consigue, por lo menos, evitar la dispersión tanto de vocabulario como de estilo de la que sufren la mayoría de otros métodos, pero el resultado final, a parte de pecar de uniforme estilísticamente, está impregnado de un cierto aire “de laboratorio”. Resulta tan terso, que acaba siendo irreal. Por decirlo con una metáfora, es perfectamente liso, pero no consigue ser transparente.

Por su parte, la intención Coulson, con el uso exclusivo de frases extraídas del teatro sánscrito, es encomiable, pues aporta un esfuerzo muy serio de respeto de la idiosincrasia de la lengua. Sin embargo, a la hora de la verdad, su realización práctica resulta -como muchos estudiantes han comprobado dolorosamente en sus propias carnes- poco gradual y demasiado ardua para la mayoría, en gran parte, por la ausencia de contexto de las frases que se proponen como ejemplos o ejercicios.

Estos dos excelentes trabajos a los que nos acabamos de referir, constituyen la prueba fehaciente de que lo que logra Killingley es, a fin de cuentas, muy difícil de conseguir: dar con la tecla justa en la que se combinan una gradación didáctica ejemplar y una claridad expositiva superlativa sin abandonar ni un solo instante el gusto por el estilo y el encanto de la lengua. No sería exagerado decir que Killingley conoce el secreto del corazón del sánscrito, y sabe transmitirlo.

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